No pude entender su enfado. Era mi vida, era mi camino.

Creí ver en él un dios, y besé sus pasos. No dudé en acompañarle en su crecimiento, y le ayudé en cada peldaño.
Llegados a la cima, su mirada ya no miraba mis ojos.

Quise compartir sus sueños, sus ilusiones, sus anhelos, su futuro. Deseé crecer a su lado hasta envejecer.

Mientras sus ojos imaginaban el futuro, los míos deseaban el presente.
Nunca me lo perdonaré.